Todo comenzó aquí

Rubén Abad

6 de febrero de 2022

La Asociación de Amigos del Monasterio, que nació en 1977 en Aguilar, sentó las bases de los actuales programas mixtos. El nacimiento de las escuelas-taller se produjo en el año 1986

Año 1977. Son tiempos de cambio para España, que ha dejado atrás cuatro décadas de férrea dictadura franquista y afronta un nuevo escenario político en medio de una profunda reconversión de los sistemas de producción hasta entonces vigentes en un país aislado del resto del mundo. «Son momentos para imaginar, para apostar por un nuevo futuro, dado que poco de lo anterior, ni las ideas ni las formas de trabajo, parecen tener la suficiente fuerza para mantenerse», resume Jaime Nuño, director del Centro de Estudios del Románico de la Fundación Santa María la Real.

En este contexto nace en Aguilar de Campoo la Asociación de Amigos del Monasterio con la intención de recuperar de la extrema ruina el viejo cenobio y convertirlo en un centro de dinamización cultural para toda la comarca. Estaba sumido en el más absoluto abandono tras la desamortización de 1835 y las posteriores guerras y crisis, sumado a un manifiesto desinterés por parte de las administraciones y los vecinos de la época.

Aquella fue una apuesta personal del genial arquitecto y dibujante José María Pérez, Peridis, que trajo consigo una auténtica revolución en la época y sentó las bases de lo que hoy se conoce como programas mixtos. «Afortunadamente, cuando todo el mundo parece caminar en una dirección, hay quien cambia de rumbo porque ve las cosas de otra manera», esclarece Nuño.

Fue entonces, hace 45 años, cuando se comenzó a desescombrar el monasterio y a plantear pequeñas obras de consolidación, pero el objetivo no era solo la recuperación arquitectónica sino, como recuerda Nuño, «replicar lo que en cierta manera había sido durante la Edad Media un gran monasterio para su comarca circundante, un gran centro de desarrollo cultural, pero también económico y laboral». Así, según relata el director del Centro de Estudios del Románico, mientras se iban consolidando muros con voluntarios y campos de trabajo, se iban captando pequeñas partidas presupuestarias para las obras más complejas, permitiendo que alguna cuadrilla formada por jóvenes del lugar, bajo la tutela de oficiales más experimentados, tuviera unos meses de trabajo remunerado. 

A la vez, expone Nuño, en verano o en fines de semana se montaban espectáculos de teatro, recitales de poesía, conciertos, visitas a las iglesias románicas del entorno, siempre con colaboradores desinteresados, cuyo mayor efecto era comprobar cómo la vida iba volviendo al abandonado monasterio y a una comarca donde la despoblación y el envejecimiento empezaban a ser angustiosos. «Cada año, a medida que la obra avanzaba, el número de asociados aumentaba y el de visitantes igualmente, hasta el punto de que algún urbanita hastiado se compró casa en alguna tranquila aldea», recuerda.

LLEGA LA ESCUELA-TALLER

En Aguilar de Campoo, convertido ya en «campo experimental de formación y de trabajo», se había observado, tal y como manifiesta Nuño, que jóvenes sin cualificación podían ser capaces de aprender oficios en vías de extinción de manos de viejos maestros cuyos conocimientos parecían no tener depositario, puesto que la cantería, la fragua, la carpintería de armar, la cal o el estuco ya nadie los reclamaba. 

Se perfiló entonces el modelo de escuela-taller, una iniciativa «totalmente innovadora» en la que el patrimonio, la cultura y el pasado ya no se mostraban como una carga, sino como un recurso, «aunque había que recuperarlo, ponerlo en valor y divulgarlo para que diera sus frutos», explica el historiador.

Gracias al compromiso del entonces llamado INEM, las dos primeras escuelas-taller se pusieron en marcha a la vez en octubre de 1985 en los monasterios de Santa María la Real de Aguilar y San Benito de Valladolid, multiplicándose a partir de entonces exponencialmente, llegando hasta los rincones más apartados y diversificando de manera muy amplia los campos de intervención, los oficios y las actividades. 

«En esta situación, el ingreso de España en la Comunidad Económica Europea, en 1986, fue crucial, por la llegada de las aportaciones del Fondo Social Europeo que durante muchos años han servido para sostener el programa», subraya Nuño, que recuerda que las distintas escuelas-taller que hubo en Aguilar vinculadas al monasterio sirvieron para contar con un «equipo interdisciplinar, más o menos estable», que pudiera dedicarse también a imaginar proyectos de futuro, a la vez que sirvieron una vez más como campo de experimentación para abordar nuevas fórmulas de trabajo.

Desde entonces, aquel sueño de Peridis no solo se ha hecho realidad, sino que se ha exportado a prácticamente todos los rincones del territorio nacional ofreciendo formación y empleo en diversas materias, con el foco puesto en jóvenes que buscan abrirse camino en el mercado laboral y en perfiles de más edad que adquieren nuevas capacitaciones.

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