Prolegómenos de Villalar

Diario Palentino

24 de abril de 2022

Palencia durante la Guerra de las Comunidades: Apuntes para la historia provincial y regional.

¿Podían ganar la Guerra de las Comunidades de Castilla los comuneros levantados en armas contra su rey y emperador, Carlos V? Hasta mediados del mes de marzo de 1521, se puede decir que sus opciones todavía eran viables, no tanto a través de una incierta victoria militar, sino por medio de acuerdos entre los bandos enfrentados.

Es cierto que la Comunidad había sufrido dos importantes reveses: la pérdida de Tordesillas (6 de diciembre de 1520) y el fracaso del levantamiento de Burgos (finales de enero de 1521). Sin embargo, las exitosas campañas del obispo Acuña en Tierra de Campos y la ocupación de algunas fortalezas importantes (Fuentes de Valdepero, Ampudia, Torremormojón, Mucientes, Trigueros del Valle o Tariego), o la ocupación de algunas plazas relevantes como Cigales, durante el mes de enero y febrero de 1521, compensaban de alguna manera los fracasos. Sin embargo, dentro de la Comunidad había una disidencia partidaria de mantener negociaciones para poner punto final a la contienda. De hecho, durante el mes de marzo algunos abandonaron la causa comunera, como es el caso de Pedro Laso de la Vega, que se uniría al bando realista. Era hermano del célebre poeta Garcilaso de la Vega, que por el contrario, combatiría junto a los realistas, siendo herido en Olías del Rey (Toledo), el 17 de agosto de 1521, donde luchó como contino de la guardia del emperador.

La radicalización de la Comunidad fue evidente desde diciembre de 1520, dando al traste con treguas que no prosperaron, como la de Villabrágima (Valladolid). Se impuso la postura más beligerante y el camino de la derrota se había iniciado, sin que fueran conscientes de ello. La última gran victoria sería la toma del castillo de Torrelobatón, el 25 de febrero de 1521, tras unos días de asedio. Era jurisdicción y propiedad del IV almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco, quien no asumió de buen grado la falta de defensa de la fortaleza por parte de guarniciones realistas cercanas. Desde entonces, y a lo largo del mes de marzo y abril, los comuneros no volvieron a emprender operaciones militares de envergadura.

Pero el ya proclamado emperador, al margen de la contienda de Castilla, como hombre más poderoso del mundo occidental, tenía numerosos y poderosos enemigos. Muchos frentes debilitaban la capacidad militar de los realistas en Castilla, que no recibían los apoyos militares exteriores para poner fin al levantamiento de las Comunidades. Sus enemigos externos que le obligaban a enfrentarse de manera reiterada con ellos eran: Francisco I (1494-1547), rey de Francia y máximo enemigo de Carlos V, siempre dispuesto a establecer alianzas contra España y que siempre dispuso de los mercenarios suizos; Solimán I -Kamuni Sultán Suleyman- (1494-1566), el Magnífico, X sultán del Imperio Otomano, cuyo poder se había extendido por el Mediterráneo y amenazaba las fronteras orientales del imperio español; Barbaros Hayneddin Pasa –Barbarroja- (¿1484?-1546), almirante otomano y corsario en el Mediterráneo occidental. Su actividad bélica en el Norte de África, la costa mediterránea de Francia y España, las islas Baleares o Malta, fueron una autentica pesadilla. Además promovió la sedición de los mudéjares españoles; el movimiento protestante de Martín Lutero (1483-1546), apoyado por la mayoría de los príncipes alemanes, siempre deseosos de debilitar la unidad imperial, entre ellos Felipe I de Hesse (1504-1567), el Magnánimo, o Juan de Sajonia (1468-1532); la enemistad con varios estados italianos, sobre todo la República de Venecia, al frente de la cual estaba el dux Leonardo Loredan (1436-1521), aliado de Francia, o las ciudades de Milán, Génova, Florencia o Pisa; conflictos en los Países Bajos; o la Guerra de las Germanías (1520-1523), producidas en los reinos de Mallorca y Valencia, cuyas causas y desarrollo merecerían un tratamiento muy especial y que discurriría paralela a la Guerra de las Comunidades.

En ultramar, es decir en América, las sublevaciones y levantamientos tribales también fueron una constante. Solamente Inglaterra, con Enrique VIII (1491-1547), casado con Catalina de Aragón (1485-1536), esposada en primeras nupcias por poderes con Arturo de Gales (1486-1502), de quien enviudó en 1502, para casarse con su hermano, mantenía relaciones cordiales con España, lo mismo que el interesado apoyo papal, concretamente en aquel momento, de León X –Giovanni Lorenzo di Medici- (1475-1521), pontífice desde 1513.

Así es fácil suponer que tan amplio catálogo de peligrosos enemigos obligaran al emperador a multiplicar sus empeños en numerosos frentes y campos de batalla. La sangría de hombres, armas y recursos exigidos era de proporciones difíciles de calcular. Eso sin olvidar el endeudamiento como consecuencia de su proclamación y posterior coronación como emperador del Sacro Imperio Romano Germánico. Esto llevó a desatender sus responsabilidades, como soberano, ante sus súbditos castellanos. Tampoco se avino a aceptar los postulados reformistas de la Santa Junta –máximo órgano de gobierno de la Comunidad-, recogidos en la Ley Perpetua de Ávila, también conocidas como Leyes Perpetuas o Capítulos de Tordesillas (agosto de 1520) y, por el contrario, siguiendo las informaciones enviadas desde España, procedió de manera contundente a condenar y represaliar a quienes habían osado suplantar su autoridad real. De ello dio buena cuenta a través de dos importantísimos documentos: Edicto Real de Worms (17 de diciembre de 1520), donde ordenaba a las autoridades del Reino de Castilla a proceder, sin proceso previo alguno, contra doscientos sesenta comuneros, siendo el primero de la lista el obispo de Zamora, Antonio Osorio de Acuña, y el último, un súbdito palentino cuyo oficio era el de bastidor. Las medidas a adoptar eran de toda naturaleza, habida cuenta de la gravedad de los delitos imputados. Fue pregonado públicamente el 16 de febrero de 1521, en la plaza mayor de Burgos. El segundo era el del Decreto de Excomunión (31 de enero de 1521), promulgado por el papa León X, a instancias del cardenal y regente Adriano de Utrecht que, como máximo representante de Roma, decretaba la excomunión de todos aquellos que se hubieran sumado a la causa de la Comunidad y hubieran desobedecido a los legítimos reyes de Castilla, Juana I y Carlos I. Este documento, tras su reciente restauración, se encuentra en el Archivo Municipal de Burgos.

 De esta manera, cualquier posible negociación era inviable, no había nada que acordar con los comuneros y, solamente, cabía una única salida: la rendición sin condiciones, aceptando las consecuencias de los actos protagonizados. Esto permite explicar que, durante los meses de marzo y abril, la ofensiva comunera, quizás ansiosa de un perdón real, no aprovechara una situación todavía ventajosa.

Frente a la inactividad militar de la Comunidad, los realistas consiguieron ganar tiempo para reorganizarse, aprovisionarse de armamento, procedente de guarniciones alejadas del foco de la contienda, y desarrollar una estrategia que tendría como objetivo tomar Torrelobatón. La coordinación del III condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza, con el IV almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco, fuera muy efectiva. Además, la radicalización comunera y el ataque contra lugares de señorío, sometidos a saqueo, destrucción y ocupación, decantaría de manera definitiva a los nobles a favor de su rey, algo de capital importancia, como ya quedó acreditado en la batalla de Tordesillas (5 de diciembre de 1520). El inicio del fin ya se vislumbraba en el horizonte.

CANTO DEL CISNE: TOMA DE TORRELOBATÓN.

Fue una operación militar diseñada por Juan de Padilla, capitán general de las milicias comuneras in péctore, que no oficialmente nombrado, pero sí aclamado de manera popular. Sus objetivos eran tres: elevar la moral decaída de la Comunidad, debilitar las posesiones del almirante de Castilla y, por su enorme interés estratégico, ocupar Torrelobatón para, desde allí, emprender operaciones de castigo contra otras posiciones realistas. Situado sobre los Montes Torozos, permitía controlar el valle del Hornija. Además era un importante nudo comercial, ya que el almirante de Castilla, como titular de la villa, controlaba el paso de la lana hacia el mercado de Medina del Campo. Ello suponía privarle de una relevante fuente de ingresos fiscales, causándole el consiguiente perjuicio económico, uno de sus objetivos.

El castillo, también conocido como castillo de la Torre del Lobo, o castillo de los comuneros, era una construcción defensiva sólida, de altos lienzos almenados de sillares pétreos, con tres cubos cilíndricos en sus ángulos, de veinte metros de altura, y un cuarto, la torre del homenaje, de planta cuadrangular y una altura de cuarenta metros, todo ello complementado por un cinturón defensivo que cercaba la villa. En su momento contó con un puente levadizo y un foso. Un espléndido ejemplo de arquitectura militar castellana –vallisoletana- del s. XVI. En la actualidad alberga el Centro de Interpretación del Movimiento Comunero.

Los realistas, merced a sus servicios de espionaje, creyeron que el objetivo podía ser Simancas, Medina de Rioseco o Tordesillas. Lo cierto es que desde el día 17 de febrero y hasta el día 20, la Comunidad concentró en Zaratán (Valladolid), un ejército muy importante que constaba de seis mil infantes, seiscientas lanzas (caballería), con apoyo artillero muy significativo (cerbatanas, sacres, ribadoquines, falconetes y lombardas). Este contingente militar se formó a partir de las tropas enviadas desde Toro, Zamora, Salamanca, Medina del Campo, Valladolid, Segovia, Ávila, León, Toledo y Madrid. Desde allí emprendieron la marcha y se situaron frente a la fortaleza de Torrelobatón el día 21. El castillo ofrecía enorme garantías para su defensa y resistencia, por lo que Padilla, muy consciente de ello, decidió parlamentar con la guarnición allí acantonada, ofreciéndoles un ultimátum para rendirse, respetando la vida de sus defensores y comprometiéndose a no someterla a saqueo, algo bastante difícil de asumir dados los sucesos acaecidos en distintos lugares en similares circunstancias. Los realistas no habían olvidado los trágicos y dramáticos episodios protagonizados por el obispo Acuña, o Juan de Mendoza, en Tierra de Campos, donde el saqueo, la destrucción y la violencia perpetrada no permitían albergar perspectivas nada halagüeñas para los defensores.

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García Osorio era el jefe de la guarnición realista y apenas contaba con seiscientos hombres, cien lanzas y sin artillería alguna. La balanza estaba muy desnivelada, siempre a favor de los atacantes. Las negociaciones fueron infructuosas ante la negativa de los defensores a entregar la plaza, de manera que se iniciaría un asedio que duraría cinco días, hasta el día 25, durante los cuales se sometió a la fortaleza a un castigo de la artillería que causaría graves destrozos en las murallas y el castillo. Según las reclamaciones efectuadas, finalizada la contienda, el 23 de mayo de 1521, hechas por el IV almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco, la cuantía de los daños ascendía a 14.683.217 maravedís. En tan abultada cifra se incluían otros daños ocasionados: alcabalas y derechos de cobros señoriales intervenidos, un molino destruido, casas saqueadas e incendiadas, muebles robados, bastimentos (trigo y vino) requisados, cosechas perdidas, amén de los graves desperfectos ocasionados a la muralla y al castillo. En 1538 se procedería a su reconstrucción, siendo Fernando Enríquez de Velasco (¿1466?-1545) –hermano de Fadrique- el V almirante de Castilla, V señor y I duque de Medina de Rioseco y III conde de Melgar, su responsable.

Los realistas actuaron tarde y mal ante el asedio acometido. De ello se quejará amargamente Adriano de Utrecht, o Antonio de Rojas Manrique, II arzobispo de Granada por aquel entonces y futuro obispo de Palencia (1524-1525), en correspondencia dirigida al rey. Sí hubo un intentos de socorro organizados desde Medina de Rioseco, integrados por guarniciones procedentes de Arévalo, Simancas, Coca o Portillo, comandadas por Pedro Fernández de Velasco y Tovar (1485-1559), V conde de Haro y capitán general de las tropas realistas. También desde Tordesillas se pensó enviar tropas, sin embargo, la falta de artillería y la carencia de efectivos impidieron el ansiado auxilio. La descoordinación y la falta de hombres y armamento del bando realista eran clamorosas y más que evidentes. Podríamos añadir los desencuentros que, respecto del rescate, mantenían el almirante y el conde de Haro.

El auxilio no llegó y el 25 de febrero los comuneros entran en Torrelobatón. Las tropas comuneros saquearon a capricho la villa, a excepción de las iglesias y lugares sagrados, como la iglesia de Santa María y San Pedro. El botín obtenido formaba parte del pago de la soldada que todavía no habían cobrado las milicias comuneras. Solamente resistía la fortaleza, donde García Osorio se había hecho fuerte. Sin embargo, la terrorífica amenaza de Juan de Padilla, de ajusticiar a los torreños –gentes de Torrelobatón- de manera in misericorde, le obligaría a rendirse, no sin una última condición: que se respetara la mitad de los bienes que la fortaleza tuviera y que se perdonara a los habitantes de la villa. De esta manera entregó la fortaleza, no viéndose cumplidas sus peticiones en lo que a los bienes se refiere. Fue hecho prisionero. El día 26 Torrelobatón ya era comunero.

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El panorama se presentaba esperanzador para la Comunidad pero, se dejó pasar el mes de marzo y abril sin continuar con las operaciones militares de envergadura, a excepción de la toma de la villa y castillo de Castromonte. La falta de pago a las milicias, el cansancio acumulado, las deserciones, o las ocultas negociaciones, dieron la ventaja a los realistas que, salvando el bloqueo del conde de Salvatierra, Pedro de Ayala y Sarmiento, nombrado capitán general en el norte del ejército comunero, concretamente de Guipuzcoa, Álava y «de Burgos a la mar», el 26 de noviembre de 1520.

El condestable actuó con diligencia, rapidez y efectividad. Solicitó refuerzos al virrey de Navarra, Antonio Manrique de Lara (1466-1535), II duque de Nájera y III conde de Treviño. La ayuda reclamada más importante era la de piezas de artillería. De manera que, desde Fuenterrabia, se trasladaron por mar algunas al puerto de Bilbao. El objetivo era hacerlas llegar a Burgos a través de Vitoria. Sin embargo, el 8 de marzo, la expedición es interceptada por el conde de Salvatierra, quien se hace con tan apreciado botín, no pudiendo evitar la destrucción de algunas de ellas por los realistas para evitar que cayeran en manos de los comuneros.

Nuevamente, el II duque de Nájera, acude en su auxilio, enviando a su hijo, Juan Manrique de Lara (1507-1570), junto a Martín Ruiz de Avendaño y Gamboa (1485-¿?), VII señor de Villarreal de Álava, señor de Urquizo y Olaso, entre otros lugares, como asistente. Su objetivo era el de someter a los lugares jurisdiccionales del conde de Salvatierra, en el valle de Cuartango, para después trasladarse a Burgos y unirse al ejército que el condestable estaba formando para atacar a los comuneros en Torrelobatón.

 Entretanto, ponía a Ruiz Avendaño y a González de Butrón y Mújica (¿?-1524), IX señor de Butrón, Mújica y el Valle de Aramayona, casado con María Manrique de Lara, hija de los II condes de Paredes de Nava  -Pedro Manrique de Lara y Leonor de Acuña- al frente de las tropas que derrotarían al indómito conde. Así todos los esfuerzos se centraron en acometer la expedición contra Torrelobatón. Mientras, los comuneros consumían su tiempo sin pena ni gloria. Creían que la toma de esa villa era una poderosa razón desde la que negociar con los realistas en condiciones ventajosas. Craso error.

EXPEDICIÓN DEL CONDESTABLE DE CASTILLA (8-21 de abril de 1521).

El III condestable de Castilla, Íñigo Fernández de Velasco y Mendoza, había conseguido reunir en Burgos un ejército poderoso con un claro objetivo: cumplir el mandato real de derrotar y apresar a los jefes militares de la Comunidad. En él recaía el mando supremo del ejército y, en condiciones ordinarias, era el máximo representante del rey en su ausencia. En circunstancias extraordinarias como las dadas durante la Guerra de las Comunidades, era virrey junto al IV almirante de Castilla, Fadrique Enríquez de Velasco, y el regente del Reino de Castilla, Adriano de Utrecht.

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José María Nieto Vigil

Fue él quien diseñó la estrategia, y fue quien decidió por acaudillamiento –delegación de mando militar por parte del rey- , iniciar la contraofensiva. De manera que, el 8 de abril salía de Burgos con dirección a Torrelobatón, portando el pendón de condestable y el estandarte con las armas reales, mazas y rey de armas.

El rey de armas era una dignidad y a cuyo cargo estaba advertir las actuaciones de los demás mandos militares testificando –dando fe- de ellas para después establecer la remuneración, la retribución o premios por ellas, teniendo capacidad de decidir en causas dudosas de hechos militares, denunciar las guerras, asentar paces, asistir a los consejos de guerra e interpretar las letras escritas dirigidas al rey.

El ejército reunido no era nada despreciable. Tres mil infantes, seiscientas lanzas (caballería), dos cañones de largo alcance, dos culebrinas y cinco piezas de artillería ligera, posiblemente sacres, cerbatanas o falconetes, transportados en cureñas, es decir, un carro de madera con ruedas. Los muñones del cañón se apoyaban en las gualderas de madera montadas sobre el carro. De esta manera, la movilidad de la tropa era mucho más rápida.

Marcado el objetivo, nada podía distraer su marcha para reunirse con las tropas realistas en Peñaflor de Hornija. Tampoco en su marcha encontró especial resistencia, salvo en Becerril de Campos, el 15 de abril, y en Palacio de Meneses –hoy Meneses de Campos-, el 18 de abril. Durante su marcha hacia Peñaflor, intencionadamente evitó Palencia, cuya guarnición y resistencia podría suponer un contratiempo. Siete etapas cubrieron en los más de ciento sesenta kilómetros recorridos, lo que les obligaba a abastecerse durante su avance en aquellos lugares en los que se aposentaban, por otro lado, algo doloroso para las mismas, pues ya estaban muy castigadas por los meses de contienda sufridos. A diferencia de los comuneros, en el caso de las mesnadas realistas no había dolo alguno, más al contrario, por la autoridad recibida, el condestable hacía uso de su auctoritas y su potestas, exigiendo los bastimentos necesarios para el sustento de su ejército en su avance.

El 9 de abril llegaba a Tardajos (12 kilómetro aproximadamente); el diez a Castrojeriz (25 Km. aprox.); el trece entraba en Torquemada (30 Km. aprox.); el quince tomaba Becerril (28 Km. aprox.); el dieciocho se presentaba en Palacio de Meneses (28 Km. aprox.) finalmente, el veintiuno acampaba en Peñaflor de Hornija (25 Km. aprox.). Torrelobatón se encontraba a escasos diez kilómetros. Una ruta bien calculada a cubrir por tamaño ejército. Como vemos, elude Palencia y Dueñas, y con ello el peligro de cualquier contraataque procedente de Valladolid. Además, el paso desde Torquemada hasta Becerril contaba con el apoyo de la guarnición del castillo de Magaz, cuyo alcaide, Garcí Ruiz de la Mota, se había mantenido fiel al emperador, resistiendo las acometidas del obispo comunero, Antonio Osorio de Acuña, y contribuyendo de manera muy importante a dificultar el aprovisionamiento de la Comunidad palentina.

Juan de Padilla, en Torrelobatón, se afanaba en reforzar la defensa y la guarnición de la plaza, sabedor de los peligros que le amenazaban desde Burgos. Por otra parte, se empeñaba inútilmente en organizar un único mando militar, mientras las discusiones entre los capitanes eran habituales. Desde el 4 de abril tenía conocimiento, a través de la Santa Junta de Valladolid, de la ofensiva del condestable, una vez que fue alertada por Pedro Girón y Velasco.

En Palencia ya ejercía el mando Juan de Figueroa, que se dispuso a proteger la capital situando guarniciones en poblaciones cercanas. Para garantizar este cometido fue enviado desde Valladolid el capitán Alonso de Alderete, de Tordesillas, quien ya había aparecido en la lista relacionada en el Edicto de Worms y que había participado notoriamente en las campañas desarrolladas en Valladolid. Llegaron tropas, a instancias del cuartel general comunero establecido en Mucientes, pidiendo que se les diera debido aposentamiento. Sin embargo, desconocían cuál podría ser el itinerario que el ejército imperial tomaría. Miedo, desorganización, desconcierto, precipitación. Demasiados peros en tan delicada situación.

Lo que sí parece claro es que las milicias comuneras no estaban suficientemente motivadas, en parte por la falta de cobro de su soldada desde hacía tiempo. La falta de recursos económicos, que no de bastimentos, se había agravado por la labor de los realistas interceptando el aprovisionamiento de Valladolid desde Tordesillas y Medina de Rioseco.

El condestable llegaba a Castrojeriz, lugar de los IV condes, Álvaro Manrique de Mendoza y Magdalena de Sandoval y Rojas. Era el 10 de abril, e inmediatamente dirige cartas a todos los lugares de Campos y el Cerrato conminándoles a su redención previo pago de cuantiosas sumas de dinero. Exigía a cada lugar levantado en armas la suma de trescientos ducados. De esta manera, le concedería el perdón, aun que con posterioridad, finalizada la guerra, se iniciaran litigios particulares y penas a algunos de los comuneros.

Torquemada no dio contestación a los requerimientos del condestable, motivo por el cual se dirigió a la villa de los torquemadenses o rabudos. Allí, sin apenas oposición más allá de simples discusiones, llegó el 13 de abril. Inicialmente impuso el pago de un rescate por su rebeldía de mil ducados, que luego rebajaría a quinientos, puesto que no tenían capacidad real de contribuir con la cantidad exigida. Rendida la plaza se dirigió hacia Becerril de Campos, en donde se encontraba Juan de Figueroa, hermano de Rodrigo Ponce de León y Ponce de León, I duque de Arcos, II marqués de Zahara, I conde de Casares, IX señor de Marchena y VI señor de Villagarcía -realista profeso y convencido-, nombrado nuevo capitán de la Comunidad palentina. Ya era célebre por el levantamiento frustrado protagonizado en Sevilla, el 16 de septiembre de 1520, y tras ser capturado y liberado, se encontraba ya en Palencia el 9 de septiembre.

Juan de Figueroa, tras un asedio y ultimátum, había tomado Becerril el 14 de abril, tras lo cual inició un saqueo. Le acompañaban los capitanes Juan de Luna y Antonio de San Román. El condestable, consciente de los graves sucesos acaecidos, instaló su campamento en las proximidades de Mazariegos, desde donde enviaría embajada a Becerril para que la villa –lugar de Behetría- se rindiera y contribuyera con dinero y bastimentos al sostenimiento de su ejército. La negativa de los ocupantes, le llevaría a iniciar el asalto. Previo a ello, batiría con su artillería –cerbatanas, sacres, culebrinas, falconetes y ribadoquines- la muralla defensiva. Pese a los intentos de ayuda enviados desde Palencia y Dueñas, los comuneros serían derrotados y capturados, después de una tenaz resistencia. Figueroa, Luna y San Román fueron apresados y luego trasladados a Burgos. Era el 15 de abril.

De manera inmediata, reanudaría su marcha hacia Peñaflor de Hornija, lugar escogido por los realistas para concentrar sus tropas y proceder al asedio y conquista de Torrelobatón. Escogió esta ruta por un motivo táctico, estratégico. Era la manera de evitar el encuentro con las milicias de Palencia y de Dueñas, que estaba en pleno Camino Real, y más allá Cigales y las huestes de la Santa Junta de Valladolid. No pretendía, por tanto, desgastarse en combate con la Comunidad, distrayéndose de su objetivo de llegar al punto de destino pactado con las tropas de Fadrique Enríquez de Velasco, IV almirante mayor de Castilla, y las de las mesnadas aportadas por los grandes señores del Reino de Castilla, llegadas de Benavente, Tordesillas, Medina de Rioseco, Portillo, Arévalo, Coca y otros lugares. Se estima que el volumen de milicias comuneras en la zona era, aproximadamente, de unos tres mil hombres, una cifra considerable y nada despreciable, además, bien posicionadas sobre el terreno.

También allí, en Peñaflor, se reuniría con el regente del reino, Adriano de Utrecht. Era muy consciente del valor y la envergadura de la maniobra, sabedor de la importancia de derrotar y capturar a los jefes comuneros acantonados en Torrelobatón, el capitán general de la Comunidad, Juan de Padilla, junto a Juan Bravo, jefe de las milicias de Segovia, Francisco Maldonado y Pedro Maldonado y Pimentel, jefes de las milicias salmantinas, y Juan de Zapata, señor de Barajas y La Alameda, regidor de Madrid, y capitán de las milicias madrileñas, íntimo amigo y colaborador estrecho colaborador de Padilla. Juntos lucharían en el campo de batalla de Villalar, como juntos compartirían su derrota y serían apresados.

Los virreyes del reino sabían que su derrota y posible captura podría llevar a finalizar una contienda que ya se había prolongado demasiado.

El condestable llegó a Palacio de Meneses –hoy Meneses de Campos- el 18 de abril. Allí había una guarnición comunera que constaba de ciento cincuenta hombres, mal equipados y sin especial motivación más que la de poner a salvo sus vidas. Conocedores de los sucesos acaecidos en Becerril y de la suerte que habían corrido los capitanes Figueroa, San Román y Luna, intentaron huir desesperadamente, pese a que el condestable había dado instrucciones de cerrar la muralla e impedir la huida de los prófugos. Íñigo Fernández de Velasco les había exigido la rendición incondicional y el que depusieran y entregaran sus armas.

Cuando los prófugos intentaron escapar, se encontraron con un destacamento de los realistas, de cincuenta hombres a caballo, a mando de Juan de Acuña, III conde de Buendía y señor de Dueñas y Tariego, entre otros, cuyos señoríos fueron arrasados y saqueados. Descendiente de portugueses, de Vasco Martins da Cunha y Brites Soares de Albergaría. Se inició una refriega, más una escaramuza que un combate propiamente dicho. La superioridad numérica de los milicianos comuneros no impidió su rápida derrota. Según diversas fuentes, alrededor de sesenta escopeteros cayeron en la lucha, siendo apresados el resto. Su escasa rapidez fue determinante en su defensa, puesto que la escopeta era un arma de fuego con avangarga, es decir, el proyectil y el propelente –pólvora negra-, era cargado por la boca del cañón. Esto les impedía salir airosos de la envestida de la caballería.

Salvado el último obstáculo, el camino hacia Peñaflor de Hornija quedaba despejado, dejando a su paso, a su derecha, el castillo de Montealegre, o castillo de los Alburquerque, por ser Francisco Fernández de la Cueva y Mendoza (1467-1526), II duque de Alburquerque, II conde de Huelma y señor, entre otros lugares, de Mombeltrán, Alburquerque, Ledesma o Cuéllar. No suponía ninguna amenaza.

Era el 21 de abril de 1521. Las fuerzas realistas, bien reforzadas y armadas, en especial de tren artillero, pero sobre todo de caballería, conseguirían formar un ejército formidable, dispuesto, inicialmente, a asediar y tomar por la fuerza Torrelobatón. No esperaban, en ningún caso, la precipitada y desorganizada retirada de los comuneros intentando ganar Toro, donde la defensa parecía estar garantizada. Los aproximadamente cincuenta kilómetros que separaban ambas localidades, en una jornada lluviosa primaveral, eran demasiada distancia a cubrir perseguidos por la caballería realista, comandada por el V conde de Haro, Pedro Fernández de Velasco y Tovar (1485-1559). Comenzaba el rápido epílogo de la Guerra de las Comunidades de Castilla, al menos al norte del Sistema Central. Toledo resistiría hasta febrero de 1522.

Autor José María Nieto Vigil

 

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