Los Hijos de la Calle
Javier Santamarina
11 de marzo de 2022

Es imposible leer algo de Harry G. Frankfurt y no tener una sensación incómoda. Me hace pensar en el valor de la palabra dada. Demasiada gente ve justificada la mentira como recurso social legítimo. Mientras no hagas daño a nadie, es absurdo sentirte limitado por una construcción moral tan rígida. También se podría pensar que sino no se puede decir la verdad, el silencio es un buen compañero de viaje.

No es un tema intrascendente, porque cuando relajamos nuestros principios adaptando la realidad a nuestros deseos es cuando empiezan los problemas.

Cualquier persona desearía que no hubiese crímenes, la pobreza, el racismo ni desigualdades como defiende el Partido Demócrata. Pero vista la estrategia en Estados Unidos, no parece que el ataque a la policía como institución haya servido para reducir sus males sociales. Los homicidios han aumentado con una fuerza galopante y las víctimas son precisamente a los que se quería proteger. San Francisco, al incrementar el importe que califica un hurto como delito serio, ha conseguido que las tiendas de la ciudad ahora sean unas fortalezas aunque se hayan ahorrado en limpiar cristaleras.

Las pensiones deben de ser dignas y cubrir las legítimas aspiraciones de sus perceptores después de tantos años trabajando. Esto es falso. Las pensiones se financian con las aportaciones de los que trabajan ahora, no con el esfuerzo pasado del pensionista. A partir del séptimo año de pensión se recibe más de lo que uno ha aportado al sistema público. Es una transferencia de recursos.

La sanidad debe de ser preventiva, asistencial, gratuita y curar cualquier dolencia que un paciente demande. Es una idea bonita, pero poco realista. Durante muchos años, la salud se garantizaba con dinero. Ese modelo se ha agotado y no va a ser por falta de medios económicos solamente. Una implosión demográfica garantiza que en un futuro cercano no haya profesionales suficientes para atender excepcionalmente bien a todos. Ni siquiera con inmigración.

Y finalmente, toda capital de provincia merece un aeropuerto, universidad, AVE y un hospital. La realidad es que si uno tiene que viajar mucho, solo se puede hacer con un coche diésel y disfrutar de la extensa red de carreteras. Las ciudades merecen ofrecer solo aquello cuya actividad económica o poblacional justifique. Los recursos son finitos, lo cual nos exige delimitar con claridad las obligaciones del Estado. La libertad requiere responsabilidad individual, porque la voluntad no es suficiente. Les aseguro que no es mentira.

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