Dos años de covid en Castilla y León: 13.000 muertos en seis olas

El Norte de Castilla

27 de febrero de 2022

Una pandemia, que va ya para 2 años,  pilló al mundo entero desprevenido y deja a fecha de hoy 13.000 muertos en Castilla y León. «Los no vacunados tienen cuarenta veces más posibilidades de terminar ingresados y en UCI si se infectan». Las residencias sufrieron los relatos más graves de este virus, sin medios ni protocolos de asistencia para los mayores.Las vacunas y una variante menos agresiva han frenado la saturación de los hospitales y de la Atención Primaria.La pandemia ha dejado graves secuelas psicológicas, desatención de otras patologías y duelos sin cerrar.La primera fase fue la más agresiva sin medios ni conocimiento, sin pruebas suficientes de diagnóstico ni epis protectores.

Una neumonía de origen desconocido en la ciudad de Wuhan (China). Diciembre de 2019. Una pandemia con fecha oficial del 11 de marzo de 2020. Vertiginoso. Y dos años y seis olas después, Castilla y León es la tierra de más de trece mil muertos y de más de 46.500 ingresos hospitalarios por una sola enfermedad. Una historia, la del coronavirus, que se ha relatado en solo dos años y se ha dibujado sobre seis olas. 

Y, en el horizonte, la duda de si escribirá muchas más líneas.  La pandemia del XIX es letal pero deja una gran experiencia en organización y control que, sin duda, será útil en el futuro porque se esperan más.

El 31 de enero de 2020 se detectó el primer caso en España, en la isla de la Gomera, importado de Alemania. El 27 de febrero, Segovia y Valladolid escribirían las primeras letras de una pandemia en Castilla y León con más de 651.200 infectados y 2,4 millones de ciudadanos sometidos a restricciones, aislamientos, confinamientos, a la muerte de seres cercanos, al miedo. Un estudiante segoviano y un ingeniero iraní de visita en la Fundación Cidaut, en Boecillo, fueron los primeros, ambos «importados» se insistía; pero inmigrante también era el virus.

Seis ascensos y descensos de casos y de muerte marcados por circunstancias y vivencias muy diferentes. La primera fue la más agresiva. El desconocimiento de la enfermedad, de sus vías de transmisión, las limitaciones para detectar y confirmar casos, la falta de mascarillas –incluso la no recomendación de usarlas– y de epis, de tratamientos o, al menos, de indicaciones terapéuticas marcaron una primera fase que ni siquiera se pudo contabilizar bien, más allá de los casos hospitalizados porque la palabra, ahora tan familiar, ‘PCR’, ni siquiera era conocida para los ciudadanos. Fueron los síntomas clínicos y el sistema informático Medora de Atención Primaria los que pusieron números a esta primera negra experiencia. La que más sanitarios infectó. Fueron 64.000 los castellanos y leoneses contagiados, 7.496 los ingresados y, de ellos, 547 en UCI. Murieron en los hospitales 1.914 personas. Algo jamás visto. Fallecieron 1.205 ancianos que vivían en residencias, más de trescientos en los propios centros. Las residencias escribieron las líneas más tristes de esta historia. Acapararon el 92% de los decesos y abrieron la polémica sobre la presunta negativa (se archivaron las demandas) a trasladarlos al hospital por falta de camas. La covid y la falta de recursos y de protocolos invadieron las residencias de mayores, las asolaron y dejaron el miedo entre sus paredes.

Fue la época en la que médicos y enfermeros se crearon con plásticos sus propios equipos de protección. La de los aplausos desde los balcones, la música del ‘Resistiré’ desde la ventanas, la compra excesiva de alimentos y papel higiénico ya había llenado los hogares cuando la pandemia no acababa de creerse que llegaría, la de los traslados en ambulancia bajo aparatosos trajes impermeables que se dio en llamar ‘minion’. Las de las calles vacías, los corzos en las calzadas, los pavos reales cruzando el paseo de Zorrilla de Valladolid, los bares cerrados, las colas en panaderías y supermercados, los geles, las distancias… Las calles vacías. El 14 de marzo se declaró el primer Estado de Alarma y, desde principios de abril, esta primera etapa comenzó a ceder de la mano de las medidas sanitarias y el confinamiento. Los hospitales por primera vez se dieron la vuelta como un desplegable. Una completa transformación para dar respuesta al coronavirus; lo que provocó relegar a las demás patologías, solo las urgencias tenían cabida en un sistema sanitario que se apoyó en la privada, interviniendola y haciéndola prácticamente propia, para dar respuesta a los más graves. Los efectos secundarios de la desatención de otras enfermedades, fundamentelmente el cáncer, comienzan a verse ahora. Además del lógico engrosamiento de las listas de espera.

El verano dio una tregua. El 11 de julio la región tocó suelo con solo 5,7 casos acumulados en 14 días por cien mil habitantes. Pero enseguida arrancó una nueva ola. La segunda superó los 135.000 casos, datos de Atención Primaria. Fue necesario hospitalizar a 11.573 personas, según Sacyl. De ellos, 829 en Críticos y murieron en los hospitales 2.235 contagiados.

A diferencia de la primera fase, que coincidió con el cierre de colegios y universidades y la dispersión de estudiantes desde zonas muy afectadas como La Rioja o Madrid a otras sin apenas presencia del virus como Segovia o Soria, la segunda onda se caracterizó por una siembra generalizada de casos en toda la comunidad relacionada con el aumento de movilidad, el verano y las ‘no fiestas’ que se celebraron.

El aumento de casos en el mes de octubre lleva al Gobierno a declarar un segundo Estado de Alarma el 25 de octubre de 2020 que finalizaría seis meses después. Aparecen las pruebas de antígenos durante el verano que se generalizan en septiembre. Brotes, rastreo, cribados, cuarentenas entran en el voculabulario diario.

La tercera ola, a finales diciembre, hereda el resultado de las fiestas navideñas. Más de 79.000 casos, 7.288 personas ingresadas (562 en críticos) y 1.339 fallecidos en los hospitales. Esta tercera onda, a nivel epidemiológico, fue mucho más agresiva que la anterior. Hospitales saturados y el 15 de enero se decreta la limitación de la movilidad nocturna. Los bares cierran a las ocho, las ciudades y pueblos se apagan a las ocho. Restricciones y limitaciones de aforos toman todo el protagonismo. Esta tercera ola amparó el inicio de la campaña de vacunación. Un 27 de diciembre. Fue el comienzo de un giro total que permitió que despertara de su letargo la economía.

La cuarta fase tendría un menor impacto que todas las precedentes. Los contagios iniciados con el puente de San José tendrían su pico el 16 de abril. Más de 27.000 infectados, 2.981 ingresados (317 en críticos) y 303 fallecidos en hospitales.

La presencia todavía de variantes con menor capacidad de contagio, el aumento de actividades al aire libre con la llegada de la primavera y las restricciones a la movilidad propiciaron un gran repunte. Las vacunas ampararon una quinta fase con relajación de mascarillas y de restricciones, de no ser así hubiera sido la peor. Aparece una nueva variante, la Delta, mucho más contagiosa que la original y que la alfa. Todo ello desencadenó una rapidez de contagios nunca antes vista. La llamada ola joven –a los que no había llegado la avacuna– supuso 60.000 contagios, 2.284 ingresos en planta, 173 en UCI y 273 fallecidos.

Ahora, la sexta es la ola aún viva. Vacunas y una variante, la Ómicron, muy transmisible pero menos agresiva parecen haber tenido compasión de una población asolada, con secuelas emocionales, con duelos sin cerrar, con un futuro incierto.

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